El elemento principal: el amor

Este blog como ya lo he dicho anteriormente, no pretende ser un tratado de educación. Por esto no se irán tratando progresivamente temas comenzando por la niñez y llegando a la juventud, o tratando métodos de educación o de estudio. Iremos tratando diferentes temas a medida que vayan surgiendo las necesidades, preguntas o comentarios de las personas que me ayudan a construir este  blog: los lectores.

Dentro de la maravillosa vocación de ser educador, hay un elemento fundamental mucho más importante que cualquier otro: el amor.

Los niños y jóvenes sienten, ven y perciben el amor en cualquier contacto que tienen con la persona adulta. En la forma como les hablamos, como hablamos de ellos, como los corregimos, felicitamos, animamos y en algo tan sencillo, como los miramos.

Primero quisiera hacerle una reflexión a los docentes. Muchas veces nosotros como profesores recibimos alumnos a los que sólo les vemos la cara y un comportamiento determinado que en muchas ocasiones es negativo, ya sea por su bajo rendimiento académico, por su comportamiento o por ambos.

Aunque lo sabemos, no nos detenemos a pensar que detrás de ese comportamiento hay todo un mundo desconocido para nosotros.

Problemas familiares que pueden ser: situaciones económicas difíciles, un cambio de casa que conlleva el cambiar de amigos y de personas conocidas, la separación de los padres, que algunos de ellos tenga que vivir en otro lugar (ciudad o país), problemas sociales en el mismo colegio que muchas veces permanecen ocultos a los profesores.

Estas dificultades traen una gran carga emocional que al no saberla manifestar correctamente, termina en un mal comportamiento o una pérdida de materias.

Evidentemente aquí se están esbozando estos elementos muy someramente y la idea es profundizar en ellos más adelante.

Muchas veces lo que estos niños necesitan es encontrar amor, cariño, comprensión y al recibir esto se desenvuelven de una manera completamente diversa.

Acerquémonos a conversar con estos niños para ver cuáles son sus dificultades y problemas. Preguntémosle a los padres de familia para conocer la situación por la que están pasando, para que así entendamos los comportamientos que tienen.

Una vez que se da esta comprensión viene el trato que le brindamos a los niños. Y aquí entra para todos, padres y docentes. Hay comportamientos que llegan realmente a desesperarnos, a hacernos perder la paciencia. Y nuestra primera reacción es un grito, un castigo y en el caso de los padres, algunas veces una pela o golpe.

Todas estas reacciones no salen de un deseo de formar, de educar, de querer que la persona sea mejor, que reflexiones sobre su comportamiento y lo cambie. La mayoría de las veces nacen de un desahogo a la frustración y por lo tanto, no aportan anda al moldeamiento de esa persona. Alguna persona puede decir que después no ha vuelto a observar ese comportamiento. Y puede ser cierto. Pero seguramente es más por miedo, que porque se haya adquirido un aprendizaje.

Las personas reaccionamos mucho mejor con amor. Y quiero dejar muy claro que al hablar de la educación con amor, no me estoy refiriendo para nada a la alcagüetería (como decimos coloquialmente). No es que como lo quiero tanto entonces que haga lo que quiera. No. Porque esto tampoco es amor. Eso llega a ser es indiferencia.

Al educar con amor, me refiero a acercarse a estos niños o jóvenes y dialogar con ellos sobre la situación que requiere una educación. Preguntarle por qué lo hizo, si cree que está bien, por qué está mal. Si requiere un castigo, evidentemente se puede poner. Siempre y cuando este sea proporcionado a lo sucedido.

Hace algunos años tuve un alumno al que voy a llamar Juan. Era un niño desordenado en todo. Las cosas en su escritorio, los cuadernos, tenía una letra difícil de entender. Era lento para escribir en clase y por lo tanto no terminaba las actividades, perdía las materias. Sin embargo, se notaba que era un niño muy inteligente.

Muchas de sus profesoras perdían la paciencia al ver que no era capaz de escribir, que no encontraba sus cosas, que su letra era ininteligible.

Lo que este niño necesitaba era que le hablaran y lo trataran con cariño. Que alguien se acercara y le dijera que él podía hacerlo, que ya lo estaba haciendo bien.

Una vez estaba escribiendo un texto del tablero y la profesora le decía con un grito tras otro que borrara y volviera a escribir. Por casualidad entré al salón y vi que cada vez que la profesora le gritaba, Juan escribía más feo, con las letras más juntas y hacía tanta fuerza que casi rompía la hoja al escribir.

Me acerqué a él, arranqué la hoja y le dije que comenzara de nuevo, que él podía hacerlo, que él escribía muy bonito. No voy a decir que la letra quedó preciosa, pero finalmente pudo terminar lo que estaba escribiendo y salir a descanso.

Lo que Juan necesitaba eran una palabras de cariño, que le dijeran que lo podía hacer. No gritos diciéndole lo mal que lo hacía.

Esto mismo sucede con la mayoría no sólo de los niños, sino inclusive de las personas.

Cuando es necesario poner un castigo, reprender, se puede hacer sin gritar, se puede hacer inclusive con cariño, para que las personas sientan que los queremos y que por esto es que hablamos con ellos sobre las acciones que son incorrectas.

Muchas veces es inclusive mejor reprender un momento después de que la persona haya cometido la acción incorrecta, porque de pronto en el mismo instante estamos molestos, irritables, fuera de nuestras casillas y lo único que vamos a hacer, será desahogarnos.

Un momento después podemos hablar con calma, decir lo que estuvo mal e imponer una acción que traiga un aprendizaje.

Un buen artículo para más adelante puede ser compartir buenas acciones de aprendizaje que no sean desahogos, sino educaciones con cariño.

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