Mr. Blue

Mi familia siempre fue una familia de animales. De pequeña tuve pájaros, tortugas, peces y perros en mi casa y en la finca familiar teníamos además caballos, gallinas, conejos, ganzos.

La última perrita que tuvimos en la casa fue una Shih Tzu llamada Pachita que desafortunadamente se la robaron. Después de ella mi mamá decidió que no quería volver a tener mascotas. Yo tenía aproximadamente 11 años.

Muchos años después, cuando tenía 25 años, mi hermano pequeño comenzó a pedirnos una mascota. Primero mi mamá se animó con un cobaya y digamos que así se abrió la puerta para que los animalitos pudieran regresar a nuestro hogar. A los pocos meses la mamá de uno de mis alumnos me dijo que estaba vendiendo unos gatos Ruso Azul para ver si quería uno. Me llamó mucho la atención pues a pesar de haber tenido tantos animales nunca había tenido un gato. Sin embargo, me pareció muy costoso y por eso no lo compré. La idea me quedó rondando la cabeza y desde ese día quise tener uno. Sabía que iba a ser difícil en mi casa y por eso no tomaba la decisión final.

Finalmente ésta llegó por si sola. Esta misma mamá, me llamó para decirme que tenían un cachorro para regalar. Mi novio y yo fuimos por él sin decirle nada a nadie y nos encontramos con que a pesar de que era cachorro, tenía cinco meses y ya era bastante grande. Al llegar a mi casa con él, todos estaban maravillados. Mi papá un poco temeroso de que se fuera a comer a Brontë, el señor cobaya. Él corrió y se nos escondió detrás de la nevera. Lo sacamos con mucho esfuerzo y corrió a esconderse debajo de una cama. Allí permaneció por cinco días, hasta que por fin salió. Lo llamamos Mr. Blue.

Yo leía sobre gatos. Decía que ellos se acercan a uno y se frotan para saludarnos, pero el mío no. El mío era como una gato elegante que nos miraba desde lejos, supremamente limpio y aseado, podía pasar una hora acicalándose desde la punta de la cola hasta el último bigote. Aún recuerdo la primera vez que lo vi acicalándose la manito para después pasársela por la carita. Fue algo hermoso. Pronto descubrimos que le gustaba salir a pasear. Le compramos una traílla y yo lo sacaba todas las mañanas y todas las noches al jardín de mi edificio.

Poco a poco comenzó a acercarse a nosotros. Estaba yo en mi cama leyendo y él llegaba y me ponía una patica encima de la mano y allí se quedaba dormido. Le gustaba estar con nosotros. Si estábamos en la sala, se montaba a un diván  y nos acompañaba desde allí. Donde estuviéramos buscaba una mesita para acostarse y acompañarnos.

Hasta ese momento y a pesar de haber tenido tantos animales de niña, el mundo de los animales había sido muy distante para mí. Gracias a Mr. Blue, comencé a interesarme más por ellos. Una noche escuché un gato maullando en la calle. No sé qué hubiera sucedido si esto hubiera pasado antes de yo tener a Mr. Blue. Pero ya teniéndole, no podía imaginarme dejar un gato en la calle pasando hambre, frío y necesidades. Me reuní con unos vecinos y entre todos lo esterilizamos y le encontramos un hogar. A los pocos días apareció otra gata. Íbamos a hacer lo mismo, pero nos enteramos que estaba preñada. Esperamos que tuviera sus cachorros y nos quedamos con un pequeño, que quería mi hermanito, al que llamamos Wakko.

Unos días después salí a pasear con Mr. Blue. De repente escuché a mi novio llamándome como si algo grave hubiera pasado. Salí corriendo pensando que era algo malo, que un carro había atropellado a Mr. Blue… Sentado en un murito estaba un pequeño gato negro mirándonos. A penas me acerqué extendió sus patas delanteras y las apoyó en mi pierna. Inmediatamente lo cargué, lo llevé a la casa, lo bañamos y arreglamos y pasó a formar parte de nuestra manada. Lo llamamos Yakko.

Es imposible pasar indiferente ante las necesidades de los animales después de que Mr. Blue tocó mi alma y la abrió a estos seres tan diferentes a los humanos. Seres que también sienten, que nos quieren, que confían en nosotros. Seres tan bondadosos. Seres tan maltratado y que en algunos casos sufren tanto.

Comencé a buscar fundaciones y me gustó mucho una en la que empecé a ayudar, además de rescatar algunos por mi parte.

Mr. Blue ya no está conmigo físicamente. En otra ocasión contaré cómo nos dejó. El día que se fue se me partió el corazón. Mi hermana me dejó una nota en el corcho que tenía en mi pieza en la que decía: Quienes nos aman jamás nos dejan. Con el paso del tiempo, yo le agregué a esta frase que se quedan en nuestro corazón. Y es cierto. Todo este tiempo he sentido su presencia en mi vida. Me dejó el legado más grande que me pudo dejar: el amor por los animales y por el planeta. Cada que rescato un animal, él está allí presente. Cada que hablo con mis alumnos tratándoles de enseñar su responsabilidad con el planeta, él está allí presente. El sentido que ha ido tomando este blog y la urgencia que siento de compartir con la gente la importancia de cuidar nuestro planeta, es por su presencia en mi alma.

Hace poco una ex compañera de trabajo me escribió contándome que iba a adoptar una gata adulta en la fundación en la que yo ayudo. Me escribió lo siguiente:

“Te cuento que hoy estuve con Andrés en Orca porque queremos adoptar otro gatito. Nos enamoramos de Barbarita, ya es grande pero eso fue lo que nos gustó, que ya está esterilizada y que puede ser una compañía agradable para Fiona nuestra gata que ya casi tiene 3 años. Te quería compartir esta alegría porque gracias a ti aprendí a querer mucho los gatitos.”

Ahí está Mr. Blue.

Hasta que no hayas amado a un animal una parte de tu alma permanecerá dormida. Anatole Franc.

Mr. Blue despertó la mejor parte de mi alma.

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