Robert. Hacer todo lo que puedas

¡Qué difícil es poder describir lo que estas fotos significan para mí! Me llenan de esa alegría que le da a uno ganas de llorar. Y me hacen ver que a veces uno cree que para hacer la diferencia tendría que hacer grandes cosas, pero solo hay que hacer todo lo que se pueda.

Robert, este hermoso perrito, es uno de esos pequeños cariños.

Hace más o menos dos años, vi una foto de un pitbul demasiado flaco circulando por las redes sociales. Me conmovió mucho por tener yo también un pitbul y por saber lo que esta raza sufre en las calles.

A pesar de que la gente me decía que era un barrio que podía ser peligroso, me fui para allá sin dudarlo y preguntando llegué a la zona donde lo habían visto. La carretera se acababa y comenzaban unas casas construidas en un terreno bastante escarpado e inestable. La mayoría de las casas estaban construidas de latas y bareque, obviamente adornadas con la ropa que las personas habían sacado por ventanas, balcones y hasta en los techos para que se secaran asoleándose.  Alrededor de las casas se veía mucha basura, cartones, partes de carros.

Se veían varios perros circulando por las calles, niños corriendo y jugando. En la parte donde se terminaba la calle se veía un CAI de policía. Paré el carro en este lugar sin saber qué hacer y detrás de mí venía un bus que comenzó a pitarme y el conductor a gritarme por la ventana que me moviera. Ante mi desconcierto y al darse cuenta que no sabía ni qué hacer, un policía se me acercó y me dijo que tenía que meter el carro por el césped hasta el fondo, hasta donde me diera, para que el bus pudiera reversar.

El policía me siguió y me preguntó que estaba haciendo por allí. Le enseñé la foto del perro. Me señaló una casa y me dijo que si iba allá no fuera a entrar, que sólo hablara desde la puerta. Me puse un poco nerviosa, pero ya metida la mano, metido el codo…

Entendí por qué me había dicho eso el policía cuando me abrieron. Se asomó un muchacho de alrededor 17 años y junto a él salió una bocanada de humo. Tenía los ojos rojos y se sostenía del marco de la puerta para no caerse. Era difícil para mí entenderle cuando me hablaba pues tenía la lengua algo trabada. Por la puerta alcancé a ver que la casa estaba completamente vacía y en el piso solo había unos colchones pelados en el que estaban aproximadamente 10 personas. En el centro se alcanzaba a ver una especie de fogata y la mayoría de los muchachos que estaban allí fumaban algo.

Le pregunté por el perro. Me dijo que era de él. Y que ya no estaba mal. Que a él le había tocado irse por un tiempo y por eso el perro se había puesto así de mal, pero que él ya estaba ahí y el perro estaba bien. Le pedí que me lo mostrara. Lo sacó de la parte de atrás de la casa y el perro se veía muy bien, estaba trozo, tenía todo el pelaje completo, no se veía con ninguna herida. De todas maneras le pedí que me lo entregara. Le argumenté que él en cualquier otro momento tendría que volverse a ir y entonces otra vez quedaría el perro en la calle pasando hambre hasta que el volviera.

Para todo lo que le decía él tenía una razón o explicación y no pude convencerlo de que me lo entregara. Otro de los muchachos se levantó de uno de los colchones y le dijo que me diera “el otro”.

“El otro” resultó ser un perrito criollo. Robert. El que pueden ver en las fotos. Con algo de pastor alemán. El perrito estaba en la calle y se veía flaco. El muchacho me dijo y nunca se me van a olvidar esas palabras: “Llévese a ese, que a ese yo ya no lo quiero, ya prefiero quedarme con el pitbul.”

Resulta que desde que tenía el pitbul, ya no quería tener nada que ver con Robert. El pobre perrito ahora se mantenía en la calle, sin comida, sin techo, sin nadie que velara por él. El policía que seguía por ahí cerca me dijo que me lo llevara, que el perrito estaba sufriendo mucho y que el muchacho inclusive le pegaba para que ya no se metiera a la casa.

No tenía ni idea de que hacer con él pues es un perro grande y yo en ese entonces vivía en un apartaestudio con mi esposo, mis dos gatos y mi perro. Pero no era capaz de dejarlo ahí. Así que sin más, le dije al muchacho que me lo ayudara a montar al carro y me fui con él. Mientras iba de camino sin saber qué hacer, empecé a llamar a diferentes fundaciones para ver si alguien me lo podía recibir. Como siempre todas las fundaciones y los rescastitas estaban repletos. Aclaro que no hago este comentario como queja, pues entiendo el trabajo que hacen y que realmente no dan abasto.

De la Fundación ORCA me dijeron que en unos días me lo podrían recibir. Así que me fui con él para una veterinaria y allí lo tuve en guardería. Finalmente fue en esta fundación en la que encontró un hogar.

Hace unos días me puse en contacto con la familia que lo adoptó. Me contaron que Robert tiene unos problemas en la espalda ya que las vertebras más cercanas al cuello están pegadas las unas a las otras. Por esto perdió fortaleza muscular, y está teniendo unos problemas en la boca y en uno de los ojos. Las razones del veterinario fue que probablemente cuando era pequeño pasó hambre o tuvo moquillo o fue golpeado. Sin embargo, Robert no siente dolor. Sus dueños le están haciendo diferentes terapias y se la ha visto mucha mejoría.

Al ver las fotos y escuchar todo lo que el dueño me contaba de cómo ahora ya está más gordo, de cómo se ha ido recuperando con sus terapias, sentí una inmensa alegría. ¡Qué habría sido de este perrito si hubiera seguido en la calle!

Alguien alguna vez dijo que no al rescatar a un animal de la calle no estamos cambiando el mundo entero, pero estamos cambiando el mundo de ese animal. Para mi hermoso Robert fue así.

 

 

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