Aprender a decir NO

Hace algunos años, en el 2012, llegó el primer gato a mi familia. Era un Ruso Azul de cinco mes que me regaló la mamá de uno de mis alumnos. De pequeña siempre había tenido perros en mi casa y en la finca, así que estaba muy interesada en conocer este nuevo animal y tantas cosas que decían de él. Definitivamente sí representó un gran cambio en mi vida. En muchas cosas.

Una de ellas fue que desde que llegó y de acuerdo a mis posibilidades, he comenzado a ayudar a algunos animales de la calle. De vez en cuando he colaborado en fundaciones, he recibido gatos en hogar de paso en mi casa y he tomado algunos de  la calle para tenerlos conmigo mientras consigo para ellos un hogar.

Los últimos dos animales me han hecho reflexionar sobre un aspecto de nuestra cultura y es la incapacidad de las personas para decir no.

Hace más o menos dos meses rescaté una gatica negra de la calle pensando en tenerla en hogar de paso, pero en el momento de llevarla a la veterinaria y hacerle la prueba de sida y leucemia, resultó positiva para la última. Como yo tengo gatos y mis papás también, no podía llevarla a ninguna de las casas, así que la dejé en la veterinaria.

Una persona muy amablemente me ofreció tenerla en hogar de paso lo cual representaría menos gastos para mí. Pero cuando iba a llevarla me llamó una señora diciéndome que había leído mi publicación y que la quería adoptar. Para estar segura de esto, le pedí que nos viéramos en la veterinaria para que ella pudiera preguntar y solucionar todas las dudas que tuviera relacionadas con el tema de la leucemia felina. Me dijo que sí. Esto fue un día martes.

En la tarde cuando llegaba a mi casa, recibí una whatsapp de esta señora diciéndome que tenía que salir para un viaje de trabajo y que volvía el viernes. Que si nos podíamos ver ese día. No me gustó mucho por lo que opté por llamarla y con toda franqueza le dije que si ya no la quería adoptar me dijera de una vez, que yo entendía que eso podía pasar, pero que realmente necesitaba saberlo porque le estaba pagando guardería y una persona ya se había ofrecido para tenerla en hogar de paso.

Me juró y juró que ella sí iba a adoptarla. Llegó el viernes y cuando la llamé para cuadrar la entrega de la gata, la llamada se fue directo al buzón de voz, por lo que me imaginé que me había bloqueado. Para confirmarlo entré al whatsapp. Me sorprendí al darme cuenta que efectivamente lo había hecho.

Al día siguiente recibí un mensaje de una muchacha. De igual manera quedamos de  vernos en la veterinaria por el tema de la leucemia.

Al otro día hablé con ella y me dijo que el que iba a adoptarla era su hermano y que él se pondría en contacto conmigo. Comenzaron las llamadas y los mensajes sin respuesta.

La semana pasada me sucedió lo mismo con un perro que rescaté. Recibí una llamada de un señor diciéndome que estaba interesado en adoptarlo y llevarlo a una finca, lo que me puso muy feliz. Ese día él no podía conocer al perro, por lo que quedamos de vernos al día siguiente. De igual manera tenía una fundación que me podía recibir al perro mientras tanto, por lo que fui muy clara con él. Al día siguiente, en horas de la mañana, comencé a llamarlo y nunca me contestó.

A los pocos días, salí con una persona cercana a un encuentro con otras personas que no resultó siendo lo que esperábamos. De repente mi acompañante les dijo que íbamos a ir a comprar algo y regresábamos. Yo pensé que así era. Cuando vi que seguíamos de largo le pregunté y me dijo que era para irnos más fácil…

Le pregunté que cuál era el problema de decirles que ya nos íbamos y no me supo responder. Le comenté que eso mismo es lo que a mí me pasa con mis animales rescatados y que yo agradecería inmensamente que la gente tuviera la valentía para acercarse y decirme: “NO”.

Estos sucesos son los que me llevan a escribir esta reflexión invitando tanto a maestros como a padres de familia, a que le enseñen a los niños a su cargo a decir no.

De pronto a esas personas les daba un poco de vergüenza decirme que no. Pero lo hubiera preferido mil veces. Con ambos animales perdí plata simplemente porque personas que se mostraron interesadas, cuando cambiaron de opinión no fueron capaces de responderme una llamada y simplemente decirme: “lo siento, ya no podré adoptarlo”. Pero lo más importante, es que perdí tiempo valioso en que podría haberlos publicado y quizá haberles encontrado un hogar más pronto.

Una persona cercana que lleva más tiempo que yo en el rescate de los animales, al oír mis historias me dijo: “Es que tú eres muy boba. No les puedes creer hasta que no estés con ellos y veas que se van con el animal.” Que pesar que hayamos llegado a ese punto en que la palabra de una persona llegue a significar nada y que el bobo sea el que cree.

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